Este cuento se llama Maria y lo leí en Olhos d´água. (Datos editoriales: Olhos d'água/Conceição Evaristo.-- Rio de Janeiro: Pallas Mini, 1°ed. 2014. 2° ed. 2018)
Conceição Evaristo nació en Belo Horizonte, Brasil, en 1946. Fue profesora, es escritora, magíster en Literatura Brasilera y doctora en Literatura Comparada. Su literatura está marcada por lo que ella llama Escrivivencia, la escritura en relación a las vivencias y experiencias del pueblo negro de la diáspora.
María
María estaba parada hacía más de media hora esperando el colectivo. Estaba cansada de esperar. Si la distancia fuera menor, hubiera ido a pie. Era realmente necesario ir acostumbrándose a la caminata. ¡El precio del pasaje estaba aumentando tanto! Aparte del cansancio, la bolsa estaba pesada. El día anterior, domingo, hubo fiesta en la casa de la patrona. Ella se llevaba a casa los restos. El hueso de la pata y las frutas que habían adornado la mesa. Se había ganado las frutas y una propina. El hueso, la patrona lo iba a tirar. Estaba feliz, a pesar del cansancio. La propina llegaba en un buen momento. Los dos hijos menores estaban muy engripados. Necesitaba comprar jarabe y ese remedito de destapar la nariz. También alcanzaría para comprar una lata de Toddy. Las frutas estaban en buenas condiciones y había melón. Los niños nunca habían comido melón. ¿ Les iría a gustar el melón?
Le dolía la palma de una de las manos. Había sufrido un corte, bien al medio, mientras cortaba la pata para la patrona. ¡Qué cosa! ¡Cuchillo a láser corta hasta la vida! Cuando el colectivo apuntó a la esquina, María inclinó el cuerpo, pegando la bolsa que estaba en el suelo entre sus piernas. El colectivo estaba lleno, había lugares. Podría descansar un poco, dormitar hasta la hora de bajar. Al entrar, un hombre se levantó de allá del fondo, del último asiento, haciendo una seña para el cobrador. Pasó en silencio, pagando su pasaje y el de María. María lo reconoció. ¡Cuánto tiempo, qué nostalgia! Qué difícil era continuar la vida sin él. María se sentó adelante. El hombre se sentó a su lado. Ella recordó el pasado. Al hombre acostado con ella. La vida de los dos en el rancho. Sus primeras náuseas. La panza enorme que todos decían era de gemelos y de la alegría de él. ¡Qué bueno! ¡Nació! ¡Era un nene! Y se haría hombre. María vio sin mirar que era el padre de su hijo. Seguía igual. Bonito, grande, la mirada asustada y perdida, que no se fijaba en nada ni en nadie. Sintió una pena inmensa. ¿Por qué no podía ser de otra forma? ¿ Por qué no podían ser felices? ¿Y el nene, María? ¿ Cómo va el nene? Murmuró el hombre. ¿Sabés que los extraño? Tengo un agujero en el pecho, ¡tamaña nostalgia! ¡Estoy solo! No me conseguí, no quise a nadie más.¿ Vos ya tuviste otros…. Otros hijos? La mujer bajó la vista como pidiendo perdón. Sí. Ella tuvo dos más, pero no tenía a nadie tampoco. Andaba, apenas de vez en cuando con uno u otro. ¡ Era tan difícil estar sola! ¡Y mirá nomás, hombres, también! ¿Hombres también? Ellos habían de tener otra vida. Con ellos todo sería diferente. ¡María, no te olvidé! Está todo acá en el hueco del pecho…El hombre hablaba, pero continuaba estático, preso, fijo en el asiento. Murmuraba hacia María las palabras, sin por ello girar hacia su lado. Ella sabía lo que el hombre decía. Le estaba hablando de dolor, de placer, de alegría, del hijo, de la vida, de la muerte, de despedida. Del agujero-nostalgia en su pecho...Esta vez él murmuró un poquito más alto. Ella, todavía sin escuchar bien, adivinó : un abrazo, un beso, un cariño para el hijo. Inmediatamente después, se levantó rápido sacando el arma. Otro allá atrás gritó que era un asalto. María sentía mucho miedo. No de los asaltantes, no de la muerte. Sí de la vida. Tenía tres hijos. El más grande, con 11 años, era hijo de aquel hombre que estaba ahí con un arma en la mano. El de allá atrás venía juntando todo. El colectivero seguía el recorrido. Había silencio de todos en el ómnibus. Apenas se escuchaba la voz del otro pidiéndoles a los pasajeros que entregaran todo rápidamente. El miedo de la vida de María iba aumentando.¡¿Dios mío, cómo sería la vida de sus hijos? Era la primera vez que ella veía un asalto en un colectivo. Imaginaba el terror de las personas. El compañero de su ex-hombre pasó por ella y no le pidió nada. ¿ Si fueran otros los asaltantes? Ella tendría para dar una bolsa de frutas, un hueso de pata y una propina de mil cruceros. No tenía reloj alguno en el brazo. En las manos, ningún anillo ni alianza. Es decir, en las manos sí que tenía algo. Tenía un profundo corte hecho con el cuchillo láser que parecía cortar hasta la vida. Los asaltantes bajaron rápido. María miró nostálgica y desesperada hacia el primero. Fue cuando una voz despertó el coraje de los demás. Alguien gritó que aquella puta zarpada de allá adelante conocía a los asaltantes. María se asustó. Ella no conocía ningún asaltante. Conocía al padre de su primer hijo. Conocía al hombre que había sido suyo y que ella todavía amaba tanto, Escuchó una voz: negra zarpada, vieran que estaba enganchada con los dos. Otra voz, llegada del fondo agregó: ¡Calma, gente! Si ella estuviera con ellos, habría bajado también. Alguien argumentó que ella no se había bajado sólo para disimular. Sí estaba con los ladrones. Fue la única a la que no asaltaron. Mentira, yo no fui y no sé por qué. María miró en la dirección de donde vino la voz y vio un muchachito negro y flaco, con facciones de niño y que le recordaban vagamente a su hijo. El dueño de la voz se levantó y se acercó en dirección a María. Ella tuvo miedo y rabia. ¡Qué mierda! No conocía a ningún asaltante. No le debía explicaciones a nadie. Mirá nomás, la negra encima es atrevida, dijo el hombre, soltándole un sopapo en la cara a la mujer. Alguien gritó: ¡linche, linche, linche!... Unos pasajeros bajaron y otros volaron en dirección a María. El colectivero había parado el ómnibus para defender a la pasajera: - Calma, gente! ¿ Qué locura es esta? La conozco a esta mujer de vista. Todos los días, más o menos a esta hora, ella toma el colectivo conmigo. Está viniendo del trabajo, de la lucha para mantener a los hijos. -¡Linche! ¡Linche! Linche! María largaba sangre por la boca, por la nariz y por los oídos. La bolsa se había reventado y las frutas rodaban por el suelo. ¿Les iría a gustar el melón a los chicos? Todo fue tan rápido, tan breve, María extrañaba a su ex-hombre. ¿ Por qué le estaban haciendo esto a ella? El hombre había secreteado un abrazo, un beso, un cariño para el hijo. Ella necesitaba llegar a la casa para transmitir el mensaje. Estaban todos armados con cuchillos láser que cortaban hasta la vida. Cuando el colectivo se vació , cuando llegó la policía, el cuerpo de la mujer estaba todo dilacerado, todo pisoteado. María quería tanto decirle al hijo que el padre había mandado un abrazo, un beso, un cariño.